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miércoles, 10 de noviembre de 2010

La política es cosa de chicos

Sin temor a volvernos demasiado sintéticos, podemos decir que el neoliberalismo como corriente política (los Reventados) tiene dos grandes máximas: la gestión siempre en manos privadas y la política es cosa de grandes (quiero decir, de hombres “mayores”, de adultos).

Por estos días hemos asistido a un direccionado ataque sobre Aerolíneas Argentinas. Desde diversos medios se gasta tinta y papel en sostener hechos que intentan construir una historia sobre la empresa, su gestión, sus problemas, su presente y su futuro. Pero, sobre todo, sobre sus responsables es que se escribe. Pareciera más importante hacer hincapié en quiénes la conducen que en si tiene un problema real, sus causas y consecuencias.

Hace tiempo que sabemos que las historias que se relatan en los Diarios o por televisión no necesariamente están sostenidas por hechos reales. No hace falta que algo haya sucedido para que nos lo presenten como una irremediable verdad. Tampoco hace falta contar con fuentes verdaderas que apoyen la historia, alcanza con algún recurso retórico para camuflarla (“según habría dicho cierto funcionario que almuerza seguidamente con otro funcionario que tiene su despacho a dos oficinas de un secretario…”). Hay un cuento de Borges que termina diciendo algo así como “le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el final”. En ese sutil (?) mecanismo se basan la mayoría de las operaciones periodísticas de hoy en día. De hecho, están más cerca de la (mala) literatura que del periodismo. Por ende, la discusión con el periodismo hoy más que nunca no es sobre los hechos que relata sino sobre aquello que oculta en el relato. La discusión es, entonces, una discusión política; una discusión sobre el sentido de las palabras y su efecto en la realidad.

¿Qué hay detrás de esta embestida contra Aerolíneas Argentinas y sus responsables? Parece que los astros están en línea y todos apuntan en una misma dirección. Y no es coyuntural ni caprichoso ese ataque, sino más bien estratégico. Pegarle a AA significa pegarle a ciertos símbolos de este Gobierno: por un lado, la gestión estatal de una empresa que antes estaba en manos privadas y, por otro, la “juventud” como motor del cambio. Es decir: a través de la (supuesta) “falta de” o “mala” gestión de AA, se le pega al Gobierno; se intenta proyectar el “problema” de AA como si fuera una pequeña muestra que refleja y reproduce una realidad de un todo mayor (la parte por el todo). Pero, también, pegarle a “estos jóvenes K” (de La Cámpora o cualquier otra agrupación política cercana al Gobierno) que pueden llenar una plaza, cantar canciones y pintar banderas (o, incluso, escribir blogs) pero que no pueden “hacerse cargo de las cosas de los mayores”, es decir, de la política, es pegarle al Gobierno sobre su indiscutible decisión de abrir el juego a las nuevas generaciones. El mensaje es directo: no les podemos dejar el Estado y la Política a los jóvenes.

Esa es la operación que se esconde en las notas de Clarín, Perfil, otra vez Clarín y otros medios y en los dichos de Macri (como si este fuera el gran gestionador, cuando lo que muestra la Ciudad es justamente la incapacidad para administrar y hacer del Ingeniero).
Sin embargo, los números de AA son mucho mejores que los que tenía mientras se encontraba en manos de privados. Y estos números son públicos. Con lo cual no vale la pena comenzar una discusión en el terreno en que desean ponerla ellos: una discusión sobre números y estadísticas. Mi idea no es convertirme en un Auditor. Me parece que la discusión en realidad es más bien política. Sobre todo si somos conscientes que cualquier decisión “administrativa” o “de gestión” se encuentra fundamentada, siempre, en una decisión política. La base siempre es política puesto que implica un modo de ver el mundo. El hecho de haber estatizado AA no es una simple decisión administrativa o de gestión, es, antes que nada, una decisión política. El hecho de que AA llegue a todas las provincias del país y conecte el territorio no es una decisión “de gestión” simplemente. Hay allí un fundamento político, de carácter federal, que permite que esa decisión tenga un resultado concreto, se materialice.

Si el objetivo de las empresas de producción y distribución de mensajes y de la Oposición política, es pegarle al Gobierno a través de la gestión y de los “jóvenes”, creo que es el momento preciso para dar la batalla, para disputar el sentido. Y aquí la pelea debe salirse del plano sociológico; aquí la disputa comienza a ser generacional. No por una cuestión etaria, sino por una cuestión ontológica podríamos decir. Lo que “hace generación” en nosotros, aquello por lo que nos podemos definir como parte de (“somos parte de una generación…”) no es una “edad” sino un “problema”, un desafío y, en definitiva, una construcción, un objetivo a conseguir. Y el problema “que hace generación” en nosotros es la historia política (o la historia de la política) en Argentina. Lo que “hace generación” es el proceso que va de la Dictadura al menemismo y que hoy todavía se materializa en esa visión sobre la “cosa pública” que podemos leer en ciertas notas y en los comentarios de la mayoría de la clase política oposicionista negativista (qué es la juventud para el PRO sino un grupo de pibes que van a hacer pogo a un estadio de fútbol por una remera). Porque, en sentido inverso, podemos decir que el problema “que hace generación” en ellos es justamente la juventud, la novedad, el cambio. En definitiva aquello que ponga en riesgo las dos máximas de su política: la gestión debe ser privada y la política es cosa de grandes.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Juventud vs. Generación... Ah, y la política también

Yo no sigo el camino de los antiguos
busco lo que ellos buscaron
Basho

I
Recién estaba viendo el programa de Grondona -Mariano para los amigos- y, debo confesarlo, me divertí mucho con la situación “del piso”. Quiero decir: hace ya un tiempo que uno, cuando ve este tipo de programas, se divierte más de lo que se calienta. Antes las estrategias discursivas eran más sutiles porque se escondían en el entramado discursivo de una sociedad dispuesta a ingerir más que a digerir, y entonces no hacía falta “ir tan al frente” como ahora le toca al Dr. Antes, hasta parecían críticos cuando en realidad lo que hacían era su papel en lo que previamente se había guionado. Ahora, en cambio, deben ir al frente como autitos chocadores y despojar a sus discursos de cualquier ornamento o disfraz. Es gracioso cuando Grondona, por ejemplo, le dice a una alumna que toma su Escuela en la Ciudad en reclamo por la realización de las reformas pautadas en el presupuesto, “¿Ustedes le harían esto a Kirchner? Porque siempre se lo hacen al pobre Macri”. Cuando uno escucha eso, cuando uno ve cómo la falta de sutileza pone en cruda evidencia la posición desde la que se habla, es cuando pienso en lo bien que estamos yendo. Mientras más directo, mejor.

Pero no era sólo esto lo que me causaba mucha gracia en el programa de Grondona, sino toda la puesta en escena de dos alumnos, uno en contra de las tomas y otro a favor, con sus respectivos padres discutiendo sobre la estrategia política y, si se quiere, sobre la política misma. Me causaba gracia, en principio, las argumentaciones de uno de los padres, el que estaba en contra (el otro muy dignamente reconoció que fue su hija la que le abrió los ojos). Pero también la postura de Grondona y, con la de él, la de todos los periodistas, políticos, padres, etc., que han estado hablando de la “juventud” y “la política” en estos días. “Se politiza el conflicto”, “atrás de esto hay intereses partidarios”, “la juventud debe dedicarse a estudiar” y otras cosas por el estilo hemos escuchado o leído invariablemente en las últimas semanas. Y, hay que decirlo con todas las letras, hay aquí un conflicto sumamente interesante: al utilizar ambos conceptos, el de política y juventud como dos entes opuestos, enemistados diría yo, han dado en el corazón de nuestro tiempo.

II

En este conflicto, el que nos presentan entre política y juventud, se anudan los problemas de nuestro presente y, muy presumiblemente, los de nuestro futuro. En primer lugar, porque se está tratando a “la política” como algo negativo. Esto no es nuevo, desde ya. Pero vale recordar que justamente es el discurso que hizo que Macri asumiera como Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y como un candidato importante en las presidenciales de octubre de 2011. Si bien ya se ha escrito sobre el tema, y mucho, hay que decir que esa postura sigue siendo efectiva y produciendo sentido al interior de la sociedad. Al otorgarle un sesgo negativo a la política y asociarla con la juventud, como algo que no debería ser “corrompido” por ésta última, no sólo se está maldiciendo a la política (vaciándola de sentido) sino que se está insinuando que la juventud es algo bueno! Flor de estupidez si las hay! Cómo puede ser buena una época en la que empezás a ver cómo se organiza el mundo (al que llegaste, ese que organizaron otros por vos)y donde todas las chances para intentar hacer algo a tu favor sean vistas como una “acción” propia de la edad. Una época así nunca puede ser “buena”.

Pero lo que hay que decir es que también es una estupidez seguir discutiendo este conflicto y utilizar la categoría de “juventud” todo al mismo tiempo. Si queremos avanzar en esta historia, debemos deshacernos de esa categoría. Es demasiado sociológica, nos puede servir para un censo, pero no para esta discusión. Aquí lo que estamos viendo, más que a la juventud, es cómo una generación está tomando la palabra que le fue sustraída a otra. La toma de la palabra, la recuperación de una voz, es el acto político más gratificante de estos últimos tiempos. Y no es este conflicto, el de la toma de las Escuelas, el detonante sino sólo una expresión más de esta situación generacional.

Y aquí viene la otra cuestión. Como se dijo, la idea de juventud es demasiado reduccionista puesto que está asociada a una franja etaria sin tener en cuenta lo diversa que esa franja puede ser. En cambio, con la idea de generación creo que podemos pensar en otro orden, un orden que nos permita vislumbrar por qué hay tanto lío con que “unos pibes” quieran hacerse escuchar. Una generación, entonces, no se define por la edad de quienes la componen sino por el problema común al cual se enfrentan. Fue Ignacio Lewkowicz quien dijo algo por el estilo: “Dicen que una generación se constituye a partir de un problema común. Más allá de la diversidad de respuestas ensayadas en relación con el dilema en cuestión, una generación se enlaza a partir de un problema compartido”. ¿Y cuál es el problema compartido de esta generación? Cuando Lewkowicz escribió esto en la década del 90’ su respuesta fue “pensar sin Estado”. ¿Pero hoy sigue siendo esa la respuesta?

III

Cuando desde el discurso mediático y también de buena parte del discurso del profesional de la política se asocia a la política con la juventud como un matrimonio imposible, creo que lo que se intenta expresar es justamente esa posición que fue dominante en el menemato: la juventud debe pensar por fuera del Estado, por fuera de la “organización política” y desarrollar lazos que evadan esa lógica “institucional”. Lazos, si se quiere, que se organicen a través del mercado, a través de los consumos. Comunidades, tribus, etc. Todas categorías que el mundo sociológico comenzó a utilizar desmedidamente en la década del 90’.

La juventud, entonces, pensando como si no hubiera Estado. Es decir, en definitiva, pensando que no hay lugar de poder a disputar salvo el de la Empresa, el del Jefe. Porque, en última instancia, de lo que aquí se trata es de poder. Esta generación lo que ha empezado a disputar es poder, pero poder político. Primero cuando empieza a reconocerse como un colectivo, por decir que tiene voz propia; segundo, para exigir sus derechos: quieren lo que les corresponde. Y están dispuestos a negociar, seguro, pero que no les pongan todas las condiciones. Esta generación no tiene como problema el hecho de que no haya Estado (aunque Macri represente esa postura), sino que su problema en común es la falta de “educación política” de sus padres, los hijos de los 80’ y 90’. Su problema en común, aquello que “hace generación”, es el discurso que intenta escindir la política de su sentido transformador.

Y cuando digo esta generación quiere disputar poder, sé que me van a saltar con una caterva de textos de Foucault sobre el poder y su diseminación en el entramado social, su descentralización y todo eso. Yo también leí esos textos, no hace falta que me corran por ese costado. A lo que me refiero es que hemos vuelto a pensar al Estado y a la política como un lugar desde el que se pueden hacer cosas para transformar, para crear y para garantizar un mundo más digno de ser vivido. Hemos vuelto a pensar a la política y al estado no como una administración de lo existente, como una actividad de gerentes de la cosa pública, sino como un espacio en conflicto, claro que sí, pero desde el cual es posible hacer lo que se pretendía cuando se luchaba por llegar.

Que hoy sea un conflicto que esta generación nos muestre su educación política es justamente porque en se mismo acto pone en evidencia, y devuelve como un espejo, la falta de política que tiene buena parte de las generaciones que la preceden. ¿Cómo digerir que tu hijo le tomá la Escuela al tipo que vos votaste porque parecía el gerente que venía a cambiar todo, el que te decía que la política era “mala palabra” y que tenía “un gran equipo”? ¿Qué explicación podés dar a tu hijo cuando te pregunta a quién votaste, después de contarte que en la Escuela se cayó el techo y que casi le parte la cabeza a un compañero? Es doloroso, claro que sí: son ellos los que están dando una lección de la que los libros de historia, cuando mencionan similares, lo hacen con el nombre de gesta. Son ellos, la generación de la política, la que nos interpelan y nos exigen. Así crecemos. Así mejoramos. Y, en definitiva, aquéllos que intentan reducir todo a un problema de la juventud intervenida por los intereses de “los grandes”, son como la osamenta: nos advierten que pronto, no muy lejos, hay un cadáver que se está pudriendo. Todo llega. Incluso el crepúsculo, sino no habría amanecer.
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