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miércoles, 10 de noviembre de 2010

La política es cosa de chicos

Sin temor a volvernos demasiado sintéticos, podemos decir que el neoliberalismo como corriente política (los Reventados) tiene dos grandes máximas: la gestión siempre en manos privadas y la política es cosa de grandes (quiero decir, de hombres “mayores”, de adultos).

Por estos días hemos asistido a un direccionado ataque sobre Aerolíneas Argentinas. Desde diversos medios se gasta tinta y papel en sostener hechos que intentan construir una historia sobre la empresa, su gestión, sus problemas, su presente y su futuro. Pero, sobre todo, sobre sus responsables es que se escribe. Pareciera más importante hacer hincapié en quiénes la conducen que en si tiene un problema real, sus causas y consecuencias.

Hace tiempo que sabemos que las historias que se relatan en los Diarios o por televisión no necesariamente están sostenidas por hechos reales. No hace falta que algo haya sucedido para que nos lo presenten como una irremediable verdad. Tampoco hace falta contar con fuentes verdaderas que apoyen la historia, alcanza con algún recurso retórico para camuflarla (“según habría dicho cierto funcionario que almuerza seguidamente con otro funcionario que tiene su despacho a dos oficinas de un secretario…”). Hay un cuento de Borges que termina diciendo algo así como “le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el final”. En ese sutil (?) mecanismo se basan la mayoría de las operaciones periodísticas de hoy en día. De hecho, están más cerca de la (mala) literatura que del periodismo. Por ende, la discusión con el periodismo hoy más que nunca no es sobre los hechos que relata sino sobre aquello que oculta en el relato. La discusión es, entonces, una discusión política; una discusión sobre el sentido de las palabras y su efecto en la realidad.

¿Qué hay detrás de esta embestida contra Aerolíneas Argentinas y sus responsables? Parece que los astros están en línea y todos apuntan en una misma dirección. Y no es coyuntural ni caprichoso ese ataque, sino más bien estratégico. Pegarle a AA significa pegarle a ciertos símbolos de este Gobierno: por un lado, la gestión estatal de una empresa que antes estaba en manos privadas y, por otro, la “juventud” como motor del cambio. Es decir: a través de la (supuesta) “falta de” o “mala” gestión de AA, se le pega al Gobierno; se intenta proyectar el “problema” de AA como si fuera una pequeña muestra que refleja y reproduce una realidad de un todo mayor (la parte por el todo). Pero, también, pegarle a “estos jóvenes K” (de La Cámpora o cualquier otra agrupación política cercana al Gobierno) que pueden llenar una plaza, cantar canciones y pintar banderas (o, incluso, escribir blogs) pero que no pueden “hacerse cargo de las cosas de los mayores”, es decir, de la política, es pegarle al Gobierno sobre su indiscutible decisión de abrir el juego a las nuevas generaciones. El mensaje es directo: no les podemos dejar el Estado y la Política a los jóvenes.

Esa es la operación que se esconde en las notas de Clarín, Perfil, otra vez Clarín y otros medios y en los dichos de Macri (como si este fuera el gran gestionador, cuando lo que muestra la Ciudad es justamente la incapacidad para administrar y hacer del Ingeniero).
Sin embargo, los números de AA son mucho mejores que los que tenía mientras se encontraba en manos de privados. Y estos números son públicos. Con lo cual no vale la pena comenzar una discusión en el terreno en que desean ponerla ellos: una discusión sobre números y estadísticas. Mi idea no es convertirme en un Auditor. Me parece que la discusión en realidad es más bien política. Sobre todo si somos conscientes que cualquier decisión “administrativa” o “de gestión” se encuentra fundamentada, siempre, en una decisión política. La base siempre es política puesto que implica un modo de ver el mundo. El hecho de haber estatizado AA no es una simple decisión administrativa o de gestión, es, antes que nada, una decisión política. El hecho de que AA llegue a todas las provincias del país y conecte el territorio no es una decisión “de gestión” simplemente. Hay allí un fundamento político, de carácter federal, que permite que esa decisión tenga un resultado concreto, se materialice.

Si el objetivo de las empresas de producción y distribución de mensajes y de la Oposición política, es pegarle al Gobierno a través de la gestión y de los “jóvenes”, creo que es el momento preciso para dar la batalla, para disputar el sentido. Y aquí la pelea debe salirse del plano sociológico; aquí la disputa comienza a ser generacional. No por una cuestión etaria, sino por una cuestión ontológica podríamos decir. Lo que “hace generación” en nosotros, aquello por lo que nos podemos definir como parte de (“somos parte de una generación…”) no es una “edad” sino un “problema”, un desafío y, en definitiva, una construcción, un objetivo a conseguir. Y el problema “que hace generación” en nosotros es la historia política (o la historia de la política) en Argentina. Lo que “hace generación” es el proceso que va de la Dictadura al menemismo y que hoy todavía se materializa en esa visión sobre la “cosa pública” que podemos leer en ciertas notas y en los comentarios de la mayoría de la clase política oposicionista negativista (qué es la juventud para el PRO sino un grupo de pibes que van a hacer pogo a un estadio de fútbol por una remera). Porque, en sentido inverso, podemos decir que el problema “que hace generación” en ellos es justamente la juventud, la novedad, el cambio. En definitiva aquello que ponga en riesgo las dos máximas de su política: la gestión debe ser privada y la política es cosa de grandes.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Anécdotas


Hoy tuvimos un Plenario con los compañeros de la agrupación. La verdad es que estuvo muy bueno, éramos muchos y había pibes que nunca había visto. Si bien la nostalgia invadió primero el tono de los comentarios de cada uno de los que tomaban la palabra, luego la cosa empezó a cobrar un color más político, más militante, con garra y, sobre todo, con mística.

He estado pensando mucho todos estos días sobre la cuestión de la política. La política como restitución de la política. Es decir: tener como política poner a la política en el plano de la vida, en el de las acciones, como un entre los hombres; volverla presente y palpable, pronunciable nuevamente como algo que es posible y, más que nada, deseable. Ya mucho hemos dicho sobre ello, no sólo aquí sino en la mayoría de manifestaciones y testimonios que recuerde sobre estos días. “Qué nos dejó Néstor”, nos decimos, como una especie de pregunta retórica: “la política”, nos respondemos. Y ciertamente que es así, a esta altura no quedan dudas de eso. Pero me gustaría citar una breve historia que uno de los compañeros nos regaló hoy para que podamos percibir cómo funciona esta cuestión de “la vuelta de la política”.

Dice Gustavo: “Era enero del 2003 y la Provincia de Bs. As, el peronismo de la provincia, había decidido ya que se iba a acompañar la candidatura a presidente de Néstor Kirchner. Ninguno de nosotros lo conocía muy bien. Habíamos visto algo por Crónica TV pero poco sabíamos. Y nos citaron a una reunión, a mí y a otros 20 más. Yo militaba en ese entonces en la JP. La reunión era en la Casa de Santa Cruz. Había una mesa larga en la que nos fuimos sentando todos, uno al lado del otro un poco en silencio, expectantes, como viendo por dónde venía la cosa y con qué nos iba a salir este tipo. La verdad es que estuvo una hora entera bajando línea, taca, taca; una hora. Nosotros en silencio, ni nos mirábamos.  La reunión terminó y todos nos fuimos, cada uno para su lado. No nos dijimos nada en ese momento quizá porque nos medíamos un poco, nadie quería tirar la primera piedra. Mientras volvía para mi casa iba pensando en el discurso. “Es medio de universitario” pensé primero; “diría que hasta un poco ingenuo”, me dije. “Vamos a encerrar a los milicos, vamos a terminar con el Punto Final y la Obediencia debida; vamos a clausurar la relación con el FMI, vamos a terminar con la Corte adicta”, etc, etc. Esto es lo que el tipo nos había dicho durante una hora. Yo había estado en la plaza de mayo cuando fuimos a ver a Alfonsín esperando escuchar “no le vamos a pagar al FMI” y terminar escuchando “esto es una economía de guerra, hay que ajustarse los cinturones” y también cuando unos milicos trasnochados lo quisieron poner en jaque, ahí también fui a la plaza, para decirle que estábamos a su disposición, que no queríamos saber nada con los milicos y cuando salió Alfonsín al balcón nos dijo “la casa está en orden”. Así que esas cosas que ahora este tipo medio desgarbado, de apellido difícil, del Sur, nos decía, me parecían algo ingenuas. Por supuesto que me gustaban, pero para ese año, después de lo que había pasado en el 2001, escuchar ese tipo de cosas me parecían como demasiado naif. ¿Qué fue lo que hizo que un militante como yo, o como muchos otros, pensara que la política no podía hacer estas cosas? ¿Qué pasó por nuestra historia para negarnos esa confianza? El tipo, finalmente, hizo lo que nos había dicho y hoy, ustedes que están acá, muchos jóvenes, no tienen esa traba, saben muy bien de qué trata la política y qué es lo que con ella se puede lograr. Ese legado que nos dejó es sobre el que más tenemos que trabajar. Después de él, de Néstor Kirchner, ya nadie podrá pensar que cuando uno se propone una meta de esa envergadura, por más que haya muchos intereses en juego y que quizá algunos enemigos se presenten en la batalla, peca de ingenuo. Después de Néstor Kirchner, ingenuo es no atreverse a soñar; ingenuo es no arriesgarse a disputar; ingenuo es no animarse a hacer”.

lunes, 1 de noviembre de 2010

La certeza de que nos queda la política


I
El viernes, cuando volvía del centro a mi casa, después de haber estado bajo la lluvia esperando a que pasaran él y ella, quizá esperando despedirme o decir algunas palabras que todavía se atragantaban en mi garganta como si todas quisieran salir a la misma vez, sin un orden, sin una jerarquía, simplemente liberarse de este nudo que me oprimía, el viernes, bajo la lluvia, regresaba a casa sentado en el vagón del tren cuando la vi. Estaba todavía apesadumbrado, a pesar de que esas palabras finalmente se habían escapado, y que ahora sólo pensaba en cómo volver al ruedo mientras el tren que me llevaba corría para el norte, trayéndome de vuelta, casi adormecido por su sedante y sistemático traquetear, la vi. Llegando desde el sur, una Locomotora a toda velocidad cortaba la imagen en dos. Era una de esas antiguas máquinas que son independientes de los vagones que arrastran y que me recuerdan a mi niñez, cuando jugaba en las orillas de la Estación de mi pueblo, cuando todavía se veían muchas de ellas atravesar la siesta. La veo venir y no sé por qué le presto atención. Y veo que lleva dos símbolos pegados en su trompa, grandes, redondos, orgullosos como los llevaríamos nosotros en el pecho: una escarapela del Bicentenario y una cinta negra de luto, y pienso “está de luto, sin embargo no se detiene... así es como debe funcionar la Historia”.

II
No sé si será porque el viaje en tren siempre me invita a divagar un poco, pero a partir de esa imagen comencé otro viaje, éste en mi cabeza. Lo primero fue tomar esta imagen, la de la locomotora que seguía su camino a pesar del luto, y contrastarla con aquél relato de Walter Benjamin cuando ve al ángel en el cuadro de Paul Klee, el Angelus Novus: “El ángel de la historia ha de tener ese aspecto”, escribe Benjamin. “Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. En lo que a nosotros nos parece como una cadena de acontecimientos, él ve una sola catástrofe, que incesantemente apila ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. Bien quisiera demorarse, despertar a los muertos y volver a juntar lo destrozado. Pero una tempestad sopla desde el Paraíso, que se ha enredado en sus alas y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al que vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Esta tempestad es lo que llamamos progreso”. Y cuando logro sopesar ambas imágenes es como que mi propia historia se cruza ante mis ojos, como un flash, y pienso, y me pregunto, ¿cuál es el equilibrio entre ambas, entre la locomotora que va hacia el frente sin mirar atrás y el Angelus que lo hace sin mirar al frente? ¿Quién puede poner ese equilibrio? ¿Existe, es posible?

III
La locomotora es una imagen que se suele utilizar en el lenguaje empresarial: ir hacia el frente, arrasar con todo en el camino, que nada te detenga y llevar a cuestas, como enganchados, a los demás. “Todos te persiguen, pues tú eres la locomotora”, etc, etc. Es una metáfora que se ha usado mucho para pensar el propio sistema capitalista, es como un símbolo que lo ha querido representar y lo ha hecho muy bien. Y la mirada de Benjamin, en cambio, es una mirada que se ha utilizado mucho en el mundo académico y justamente en oposición directa con la anterior. Ambas, a pesar suyo, tienen algo en común: siempre han puesto al discurso y accionar político como algo secundario, accesorio quizá, a los mundos que relataban. Es como si la política sólo se dedicara a gestionar las condiciones administrativas de ambos mundos. Y esa fue justamente la mirada con la que muchos de nosotros crecimos cuando hablábamos de la “política real” (real politik, como se suele decir). Idealizamos una política inalcanzable, límpida y lustrosa, incolora, capaz de florearse como ninguna otra en las hojas A4 de los papers que inundaron Universidades o en la de los libros que nos gustaban leer y citar para estar a la moda. Hoy miro a muchos de los que así pensábamos, incluyéndome por supuesto, y me pregunto ¿qué fue lo que pasó, en estos últimos años, para creer que esta visión ha tenido un cambio, que es posible pensar de otro modo la política?

IV
Recuerdo cuando en el 2002 escribimos, con unos amigos en la revista que sacábamos, sobre el 19/20 de 2001. La editorial colectiva de ese número 9 de La Escena Contemporánea se llamaba "La vorágine" y allí decíamos: “la vorágine destruye toda posible articulación nacional, de la que sólo quedan restos más o menos autonomizados. Destruye, para decirlo en términos clásicos, los lazos sociales”. Eso era lo que veíamos por aquéllos tiempos, una vorágine en la que nada quedaba en pie, ni siquiera los Bancos cómo último eslabón de un mercado financiero que hacía agua por todos lados. Y mucho menos la posibilidad de pensarse colectivamente. La incertidumbre era la única posibilidad real, la verdadera, todo lo demás era una ilusión alimentada por la nostalgia. Era como si camináramos por un sendero con los ojos cerrados, sin saber si había un piso, paredes o un techo que nos cubriese.
Creo que lo que hemos visto la semana pasada (algunos lo vienen viendo hace rato ya) contradice profundamente esa otra historia. Es como si habláramos de dos mundos totalmente diferentes. ¿Qué puede haber pasado en menos de 10 años para que eso cambie, para que esa percepción sea una anécdota de nuestro pasado reciente (aunque pulse, en algunos hombres, por volverse presente)?

V
La única respuesta posible que tengo al alcance de mi mano es pensar que vino la política. No ya como una ciencia de la administración de lo existente, sino más bien como creación; no como marcación del límite (hasta dónde llegar), sino como demarcación de lo que ya no es posible tolerar (hasta aquí llegaron). La vorágine ya no es posible de tolerar. Y la política es el equilibrio entre la locomotora y el ángel. La política es lo que hay entre los hombres, decía Hanna Arendt, es la relación. Es la posibilidad de reconstruir los lazos. De reconstruirse. Y estos días son un claro testimonio de ello.

VI
Finalmente, el tren llegó a Victoria (recurso estético, pensarán ustedes, pero no, es cierto, yo me bajo en la estación Victoria). El viaje terminó. Las dos imágenes que me acompañaron y sobre las que divagué un rato ahora se esfumaban bajo la lluvia del viernes. Ya no tenía éstas preguntas y, aunque sé que siempre es bueno tener preguntas, esta vez sentía que tenía una certeza. Y que esa sensación de seguridad que me invadía, a pesar de lo que acababa de ocurrir apenas unos días, me dejaba tranquilo. Pero no tranquilo como el que se sabe ganador, sino tranquilo como el que sabe que tiene trabajo por delante, que no está solo, que está acompañado y que hay otros como él.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Juventud vs. Generación... Ah, y la política también

Yo no sigo el camino de los antiguos
busco lo que ellos buscaron
Basho

I
Recién estaba viendo el programa de Grondona -Mariano para los amigos- y, debo confesarlo, me divertí mucho con la situación “del piso”. Quiero decir: hace ya un tiempo que uno, cuando ve este tipo de programas, se divierte más de lo que se calienta. Antes las estrategias discursivas eran más sutiles porque se escondían en el entramado discursivo de una sociedad dispuesta a ingerir más que a digerir, y entonces no hacía falta “ir tan al frente” como ahora le toca al Dr. Antes, hasta parecían críticos cuando en realidad lo que hacían era su papel en lo que previamente se había guionado. Ahora, en cambio, deben ir al frente como autitos chocadores y despojar a sus discursos de cualquier ornamento o disfraz. Es gracioso cuando Grondona, por ejemplo, le dice a una alumna que toma su Escuela en la Ciudad en reclamo por la realización de las reformas pautadas en el presupuesto, “¿Ustedes le harían esto a Kirchner? Porque siempre se lo hacen al pobre Macri”. Cuando uno escucha eso, cuando uno ve cómo la falta de sutileza pone en cruda evidencia la posición desde la que se habla, es cuando pienso en lo bien que estamos yendo. Mientras más directo, mejor.

Pero no era sólo esto lo que me causaba mucha gracia en el programa de Grondona, sino toda la puesta en escena de dos alumnos, uno en contra de las tomas y otro a favor, con sus respectivos padres discutiendo sobre la estrategia política y, si se quiere, sobre la política misma. Me causaba gracia, en principio, las argumentaciones de uno de los padres, el que estaba en contra (el otro muy dignamente reconoció que fue su hija la que le abrió los ojos). Pero también la postura de Grondona y, con la de él, la de todos los periodistas, políticos, padres, etc., que han estado hablando de la “juventud” y “la política” en estos días. “Se politiza el conflicto”, “atrás de esto hay intereses partidarios”, “la juventud debe dedicarse a estudiar” y otras cosas por el estilo hemos escuchado o leído invariablemente en las últimas semanas. Y, hay que decirlo con todas las letras, hay aquí un conflicto sumamente interesante: al utilizar ambos conceptos, el de política y juventud como dos entes opuestos, enemistados diría yo, han dado en el corazón de nuestro tiempo.

II

En este conflicto, el que nos presentan entre política y juventud, se anudan los problemas de nuestro presente y, muy presumiblemente, los de nuestro futuro. En primer lugar, porque se está tratando a “la política” como algo negativo. Esto no es nuevo, desde ya. Pero vale recordar que justamente es el discurso que hizo que Macri asumiera como Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y como un candidato importante en las presidenciales de octubre de 2011. Si bien ya se ha escrito sobre el tema, y mucho, hay que decir que esa postura sigue siendo efectiva y produciendo sentido al interior de la sociedad. Al otorgarle un sesgo negativo a la política y asociarla con la juventud, como algo que no debería ser “corrompido” por ésta última, no sólo se está maldiciendo a la política (vaciándola de sentido) sino que se está insinuando que la juventud es algo bueno! Flor de estupidez si las hay! Cómo puede ser buena una época en la que empezás a ver cómo se organiza el mundo (al que llegaste, ese que organizaron otros por vos)y donde todas las chances para intentar hacer algo a tu favor sean vistas como una “acción” propia de la edad. Una época así nunca puede ser “buena”.

Pero lo que hay que decir es que también es una estupidez seguir discutiendo este conflicto y utilizar la categoría de “juventud” todo al mismo tiempo. Si queremos avanzar en esta historia, debemos deshacernos de esa categoría. Es demasiado sociológica, nos puede servir para un censo, pero no para esta discusión. Aquí lo que estamos viendo, más que a la juventud, es cómo una generación está tomando la palabra que le fue sustraída a otra. La toma de la palabra, la recuperación de una voz, es el acto político más gratificante de estos últimos tiempos. Y no es este conflicto, el de la toma de las Escuelas, el detonante sino sólo una expresión más de esta situación generacional.

Y aquí viene la otra cuestión. Como se dijo, la idea de juventud es demasiado reduccionista puesto que está asociada a una franja etaria sin tener en cuenta lo diversa que esa franja puede ser. En cambio, con la idea de generación creo que podemos pensar en otro orden, un orden que nos permita vislumbrar por qué hay tanto lío con que “unos pibes” quieran hacerse escuchar. Una generación, entonces, no se define por la edad de quienes la componen sino por el problema común al cual se enfrentan. Fue Ignacio Lewkowicz quien dijo algo por el estilo: “Dicen que una generación se constituye a partir de un problema común. Más allá de la diversidad de respuestas ensayadas en relación con el dilema en cuestión, una generación se enlaza a partir de un problema compartido”. ¿Y cuál es el problema compartido de esta generación? Cuando Lewkowicz escribió esto en la década del 90’ su respuesta fue “pensar sin Estado”. ¿Pero hoy sigue siendo esa la respuesta?

III

Cuando desde el discurso mediático y también de buena parte del discurso del profesional de la política se asocia a la política con la juventud como un matrimonio imposible, creo que lo que se intenta expresar es justamente esa posición que fue dominante en el menemato: la juventud debe pensar por fuera del Estado, por fuera de la “organización política” y desarrollar lazos que evadan esa lógica “institucional”. Lazos, si se quiere, que se organicen a través del mercado, a través de los consumos. Comunidades, tribus, etc. Todas categorías que el mundo sociológico comenzó a utilizar desmedidamente en la década del 90’.

La juventud, entonces, pensando como si no hubiera Estado. Es decir, en definitiva, pensando que no hay lugar de poder a disputar salvo el de la Empresa, el del Jefe. Porque, en última instancia, de lo que aquí se trata es de poder. Esta generación lo que ha empezado a disputar es poder, pero poder político. Primero cuando empieza a reconocerse como un colectivo, por decir que tiene voz propia; segundo, para exigir sus derechos: quieren lo que les corresponde. Y están dispuestos a negociar, seguro, pero que no les pongan todas las condiciones. Esta generación no tiene como problema el hecho de que no haya Estado (aunque Macri represente esa postura), sino que su problema en común es la falta de “educación política” de sus padres, los hijos de los 80’ y 90’. Su problema en común, aquello que “hace generación”, es el discurso que intenta escindir la política de su sentido transformador.

Y cuando digo esta generación quiere disputar poder, sé que me van a saltar con una caterva de textos de Foucault sobre el poder y su diseminación en el entramado social, su descentralización y todo eso. Yo también leí esos textos, no hace falta que me corran por ese costado. A lo que me refiero es que hemos vuelto a pensar al Estado y a la política como un lugar desde el que se pueden hacer cosas para transformar, para crear y para garantizar un mundo más digno de ser vivido. Hemos vuelto a pensar a la política y al estado no como una administración de lo existente, como una actividad de gerentes de la cosa pública, sino como un espacio en conflicto, claro que sí, pero desde el cual es posible hacer lo que se pretendía cuando se luchaba por llegar.

Que hoy sea un conflicto que esta generación nos muestre su educación política es justamente porque en se mismo acto pone en evidencia, y devuelve como un espejo, la falta de política que tiene buena parte de las generaciones que la preceden. ¿Cómo digerir que tu hijo le tomá la Escuela al tipo que vos votaste porque parecía el gerente que venía a cambiar todo, el que te decía que la política era “mala palabra” y que tenía “un gran equipo”? ¿Qué explicación podés dar a tu hijo cuando te pregunta a quién votaste, después de contarte que en la Escuela se cayó el techo y que casi le parte la cabeza a un compañero? Es doloroso, claro que sí: son ellos los que están dando una lección de la que los libros de historia, cuando mencionan similares, lo hacen con el nombre de gesta. Son ellos, la generación de la política, la que nos interpelan y nos exigen. Así crecemos. Así mejoramos. Y, en definitiva, aquéllos que intentan reducir todo a un problema de la juventud intervenida por los intereses de “los grandes”, son como la osamenta: nos advierten que pronto, no muy lejos, hay un cadáver que se está pudriendo. Todo llega. Incluso el crepúsculo, sino no habría amanecer.

domingo, 22 de agosto de 2010

La Guerra, los bloggers y Lawrence de Arabia

La prensa escrita es el arma más grande en el arsenal del mando moderno
T. E. Lawrence, Enciclopedia Británica, para la voz Guerrilla (1929)
I

“Estamos en guerra” gritan al unísono las fuerzas vivas de la sociedad civil. Al menos parte de ella, especialmente la que se recuesta en el sofá mientras lee con incredulidad el Diario del domingo y repite con fervor toda la semana las frases perfectas que agentes de publicidad, más que periodistas “independientes”, cincelaron con cuidado. Y digo, para qué autodenominarse independiente cuando lo que se proclama abiertamente es el estado de guerra en el que se ven involucrados. “Pero no es una guerra que hayamos declarado nosotros”, me dirán. Pero haré oídos sordos, obviamente. Sólo dejo a las mujeres que me mientan y por otras razones.
Hablando de la paz, hoy leía la columna del inmutable Morales Solá y notaba cómo desde el título el periodista prepara al lector para que entre en su juego bélico: “La guerra más peligrosa de los Kirchner” (después ponen el grito en el cielo cuando Moreno hace sus squetch con cascos y guantes de juguetes) y la de Pepe Eliaschev, Twitter AK-47. Ambas, como toda nota de opinión que se precie, llena de suposiciones improbables pero presentadas como hechos tan reales como la ley de gravedad. Pero no es mi intención demostrar la fragilidad de ambas punto por punto sino traer a colación justamente el uso del lenguaje bélico en los periodistas. Unos hablan de guerra, otros de batalla, otros de ejército y algunos de soldados. Les encanta! Algunos hasta quizá rememoren viejas épocas, en donde todo era más fácil para ellos. Pero lo interesante de toda esta postura castrense, en donde las posiciones enfrentadas se presentan como irreconciliables, es la incapacidad para comprender cómo el campo de batalla ha cambiado radicalmente.
II
Es notable cómo estos viejos escribas de matutinos tradicionales, acostumbrados a acabar con todos los oponentes que han osado cruzarse en su camino, trastabillan sin embargo cuando quieren pensar el juego de la guerra en la “modernidad líquida”, en un escenario fluido y dinámico en el que las reglas mutan tanto como el producto que ellos venden cada mañana. Utilizan los mismos recursos de siempre: construir un relato que garantice, como una cuña, el sostenimiento de todo su abroquelado andamiaje, sin tener en cuenta ni la objetividad ni la veracidad. Alcanza con que parezca creíble, esa es la máxima. Confunden opinión con información y profesionalismo con empresa. Pero eso parece hoy no estar dando el resultado de siempre. De alguna manera se cuelan trozos de realidad diferente y, en muchos casos, opuesta a la que presentan como lo real en su estado bruto. Entonces la contradicción comienza a producir estragos en sus filas y la palabra, su bien más preciado, se desdibuja como si gotas de rocío se esparcieran sobre el Diario que quedó sin recoger en la puerta de casa.
Qué está sucediendo, se preguntan. Y entonces empiezan a percibir esta nueva realidad. Ya no alcanza con atacar al Gobierno de turno, ahora hay toda una “nube” de seguidores que apuntalan sus columnas y disparan sus palabras. También hay que atacarlos a ellos: no debe quedar ninguno en pie. Primero se los ninguneaba, “no los mira nadie”, decían. O “son unos cuantos pelotudos que no tienen otra cosa que hacer que escribir ficciones en sus blogs”. Pero llega un punto en que esas “ficciones” comienzan a decir cosas más interesantes que las “realidades” que el “periodismo” presenta. Entonces: guerra contra ellos también. Y ponen a todas las plumas en dirección del nuevo frente que se ha abierto. Pero tampoco logran buenos disparos: no alcanzan a ver el blanco que siempre se les presenta nebuloso y en movimiento. Al parecer, esta época de neblina presagia el Waterloo que está aconteciendo, me susurra el lado más memorioso de mi cerebro.
III
¿Cómo tratar entonces este nuevo fenómeno? ¿Dónde está su centro de gravedad para dar un buen disparo y voltearlo como un castillo de naipes? Estas preguntas resuenan en todas las redacciones y agencias de publicidad. Sin embargo, muy pocos logran acercarse a una respuesta adecuada, integral y desprejuiciada, que logre comprender realmente este fenómeno. La mayoría, como el caso de Eliaschev o de Roberts, el otro día en La Nación, son piezas forjadas al calor del odio y la ignorancia. Pretenden tratar un fenómeno que todavía debe ser pensado y analizado en profundidad con los elementos orales que mi abuelo utiliza cuando discute en el billar. La brutalidad de sus observaciones hace gala no sólo de un desconocimiento supino de las nuevas tecnologías, sino de las nuevas formas de socialización que esta etapa del mundo ha comenzado a esbozar.


Pero voy a traer a colación un ejemplo diferente, también de La Nación (ya casi no leo Clarín), que recuerdo particularmente y que recrea de alguna manera, pero de ángulos y capacidades muy diferentes, no sólo el mismo lenguaje bélico, sino también el mismo interrogante (nunca planteado abiertamente, por cierto): ¿qué hacemos con esta nueva realidad? El artículo es de Beatriz Sarlo, “La batalla cultural”, y me resulta sumamente interesante, justamente porque ella representa el arquetipo del intelectual que tiene licencia para intervenir en este espacio de la palabra con una voz presuntamente autónoma. Es el único con permiso para hacerlo, por diferentes razones, entre las cuales cabe destacar que sus declaraciones, al menos de finales del 80 para acá, resultan inofensivas como balas de salva lanzadas a miles de kilómetros.
Sarlo intenta tratar lo que ella denomina el “dispositivo cultural kirchnerista” (otros, sus compañeros de aula más burdos, hablan de ejército, soldados, mercenarios, etc.), un armado de “partes heterogéneas que funcionan de manera más o menos independiente, aunque alineadas con el Gobierno”. Dentro de este “aparato”, que “comprende iniciativas prácticas descentralizadas, aunque convergentes en sus objetivos, y una red de discursos e intervenciones que reúne instituciones del Estado, pero también formaciones de la sociedad civil”, Sarlo ubica la estrategia del Gobierno con “Fútbol para todos”, programas como 678, Carta Abierta y los “blogueros k”.
A pesar de lo poco simpática que me cae Sarlo, no por eso debo dejar de reconocerle innumerables aportes a la “industria cultural” autóctona. Siempre la he leído con mucho interés ya que sus intervenciones generalmente producen algún impacto en mí; esté o no de acuerdo con ellas, siempre encuentro algo interesante con qué dialogar. En este caso hay que decirlo con todas las letras: da en la tecla. Lamentablemente hay cierto tono en sus palabras que dejan entrever su disgusto con esta realidad que describe y analiza. No alcanza a percibir la potencialidad de esta nueva forma que adoptan los medios que distribuyen las ideas y, quizá por el tono militante o quizá simplemente por la nostalgia del mundo letrado, epistolar, que ha quedado atrás, le otorga un sentido totalmente negativo a esta novedosa situación. Donde ella ve una debilidad yo veo, en cambio, una virtud.
El punto de su análisis que más me gustaría pensar –y al que los invito- es a lo que denomina la “nube k”, los “condottieri”. Con estas formas, claro está, se refiere a lo que, a falta de mayor sutileza y poder de análisis, todos llaman “blogueros k”. Dice Sarlo al respecto: “Los blogueros y comentaristas se identifican con las formas rizomáticas de una nueva esfera virtual, donde no se es responsable ni de la injuria ni del falso testimonio. Viven del rumor que difunden y multiplican; viven también del anonimato, que es la regla que nadie se atreve a discutir. Este mundo es difícil de cuantificar”. Interesante. No por lo de la injuria, el falso testimonio o el rumor, eso es tan viejo como el periodismo, sino por lo de las formas rizomáticas, es decir, por lo irregular de las intervenciones, sin centro y con una autonomía horizontal.
IV
Sarlo está usando un esquema compuesto por términos que me hicieron acordar a un libro que leí hace algunos años, Los siete pilares de la sabiduría, de T. E. Lawrence. Este extraordinario personaje fue conocido mundialmente como como “Lawrence de Arabia”, inmortalizado en la homónima película de David Lean (1962) e interpretado por el magnífico Peter O’Toole. Pero sucede algo extraño con T.E.L y es que muchos no lo conocen y otros sólo lo conocen como una historia de película. Sin embargo es un personaje real, que existió, que fue parte de la rebelión de los árabes contra los turcos en 1916-1918 y Los siete pilares es el “diario” de esa revuelta y que fue publicado en nuestro país por un grupo tan caro a la propia Sarlo, el grupo Sur (Victoria y Silvina Ocampo, Borges, Bioy Casares y otros) en 1944 y en 1955.
Lo que siempre me interesó de Lawrence fue no sólo su historia, sino también su prosa. Cómo contó esa historia de rebelión junto a los árabes en el desierto, a punto tal de volver a ese ingobernable mar de arena que se estira hasta el horizonte en un lugar pleno de belleza. Pero hay un capítulo, el XXXIII, de ese magnífico libro en donde trata, postrado por una fiebre que lo hace delirar, un conjunto de premisas englobadas en lo que podríamos llamar la Teoría Moderna de la Guerra o la “ciencia de la guerra”. Ahí aparecen Foch, Clausewitz, Von der Goltz… y T.E.L va recreando todas las posturas hegemónicas hasta ese entonces. Pero advierte que su situación es muy diferente. Lo árabes, dice, “luchaban por la libertad y éste es un placer que solamente podía ser experimentado por un hombre vivo”. Es decir: su principal objetivo no era la destrucción del enemigo sino preservar la vida de sus compañeros mientras pugnaban por conseguir la victoria final. Su intención era ganar presentando la menos cantidad de veces una batalla real. Y es aquí, se me ocurre, cuando advierte el secreto de la cuestión: “Supongamos –dice Lawrence- que fuéramos (como podríamos serlo) una influencia, una idea, algo intangible, invulnerable, sin frente ni retaguardia, expandiéndonos como un gas. Nosotros podríamos ser como un vapor que se difunde dondequiera. Nuestro reino estaría en la mente de cada uno de nuestros hombres”.
Pensar que esto fue escrito hace casi 100 años y, sin embargo, resulta tan actual. Ser un gas, un vapor, antes que un ejército; ser una influencia antes que un imperativo; luchar para convencer más que para vencer. Creo que estas premisas son las que en realidad más la intranquilizan a Sarlo, al menos es lo que percibo por cómo cambia el tono de su experimentada prosa cuando a ellos se refiere: es la “nube k” de blogueros rizomáticos y anónimos, desprestigiados en donde ellos más cómodos se sienten, como si le dijeran bostero a un hincha de Boca pensando que con eso logran humillarlo.
En realidad, lo que la perturba, y no sólo a ella sino a toda la caterva de “periodistas que se mueren por tocar”, es cómo se han modificado las condiciones en que se difunden de las ideas. Acostumbrados a las reglas de la industria cultural que, como en cualquier industria, lleva en su seno la posibilidad de que su producto sea producido y distribuido por un solo Sujeto o Empresa (a eso llamamos comúnmente Monopolio), las nuevas condiciones de juego permiten las formas del rizoma o, como diría “el Orenz” (así lo llamaban los árabes), ser un vapor que se difunde dondequiera, al que todos tienen acceso. Golpear y correr el cuerpo. El campo de batalla es demasiado amplio para poder defender; la velocidad y el tiempo, la multiplicidad y el anonimato, comienzan a carcomer cualquier estructura, esté ésta oxidada o no.
Ya no son los intelectuales que discuten en “Ñ” o “ADN” o en cualquier otro formato consagrado por el mundo intelectual pero, a su vez, producido por esta misma instancia a la cual se intenta, con mucha delicadeza, hacer temblar, los que cobran protagonismo. En el aquí y ahora de esta nueva realidad, la multiplicidad de voces que recorren de forma inorgánica y anónima la red virtual pegan donde más duele, en aquello que se ha intentado ningunear: la información. Si los hechos que se han intentado invisibilizar salen a la luz y se multiplican lo que se empieza a resquebrajar no es sólo un discurso sobre lo real sino también la honestidad de aquél que lo produce.
V
Hoy se repite como una anécdota una respuesta que da Magnetto a Menem cuando este le pregunta, en medio de una discusión, “pero entonces lo que usted quiere es estar sentado donde lo estoy yo”, a lo que el CEO de Clarín dice: “No, ese es un puesto menor”. Esta breve historia de fantasmas, expresa muy bien cuál es la lógica de las últimas tres décadas argentinas. Primero tuvimos una Dictadura perpetrada por un Ejército profesional. Pero los costes a pagar fueron muy altos y la enseñanza fue apuntada por aquéllos que participaron de esa misma Dictadura pero sin ser necesariamente Oficiales del Ejército. Cuando ya no hizo falta sostener esa torpeza, literalmente, corrieron el cuerpo. Pero luego se dieron cuenta que no se puede convivir con otro especio que detente el mismo objetivo y que, encima, se le ocurra ser autónomo. Por ello, más que el poder, lo mejor, entendieron, es “tomar la palabra por asalto”. Ser los “dueños” de la palabra. Pero, al fin de cuentas, un grupo que desea obtener y mantener a toda costa el monopolio de la palabra y las conciencias no es otra cosa que un Ejército de ocupación. Y si hay algo que la historia nos ha enseñado, es que todo ejército de ocupación es doblegado no por otro ejército de iguales características, sino por algo mucho más irregular y movedizo. Lo más costozo, para todo Ejército, siempre ha sido defender el territorio tomado. Y este territorio, el de la palabra, es demasiado extenso para cualquiera, incluso para el propio Grupo Clarín.
Por todo esto, me parece que no está mal de parte de Sarlo plantear esto como una batalla. Y no me parece incoherente de parte de los “periodistas independientes” utilizar este lenguaje bélico en una democracia. Al fin de cuentas, es el lenguaje en el que se sienten más cómodos. Lo lamentablemente es que no lleguen a comprender que esto es mucho más complejo de lo que pretenden cuando hablan de una “guerra”. Como su imaginario es el de la guerra justamente, sólo piensan en aniquilar al enemigo. Y estiman que del otro lado hay una fuerza igual que la de ellos. Cuando en realidad lo que hoy hay es una "revuelta en tiempos de paz", una no-batalla, en el sentido en que no hay enfrentamientos: el Grupo Clarín y todos sus derivados (Grupo A, Mesa de Enlace, Peronismo disidente, etc.), es un accidente, no el objetivo. Aquí, de lo único que se trata es de recuperar la palabra y hacerla oir. Otro mundo se está haciendo posible y vale la pena que el relato de esa historia, recorra las calles nuevamente.
Por eso, a diferencia de los intelectuales del humanismo epistolar, hay que festejar la aparición de estos irregulares nómades que izan en el viento la palabra escurridiza, ya que con su presencia nada será igual. Será esta una contienda extraordinaria, en la que no habrá enfrentamientos, sino sólo fantasmas que hacen correr la voz de que algo está cambiando. Y eso, mis estimados, es pegar donde más duele.

jueves, 10 de junio de 2010

Hay un fusilado que vive

"Enunciar significa producir"
Mallarmé
I
Toda historia comienza con un hecho imposible. Algo inasimilable, que excede el propio relato y al cual, a medida que avanzan las oraciones, tratamos de dar sentido. Milagros, resurrecciones, batallas cuya victoria era de antemano improbable pero que finalmente cedieron su equilibrio en favor de los desaventajados; las historias tienen un mito de fundación que las cubre de un aura particular, como una capa que las impermeabiliza ante las erosiones del tiempo. Sólo así sobreviven y sólo así nos interpelan: a partir de un hecho que, en apariencia, resulta imposible.
“Hay un fusilado que vive”, nos cuenta Rodolfo Walsh que le dicen. Un muerto que habla. Es una “historia increíble” pero que él cree “de inmediato”. Un buen comienzo para una historia, pensamos. Una historia que, en principio, cambia hasta al propio Walsh, quien para escribirla debe modificar su identidad (en los papeles) y que termina, finalmente, modificando todo su andamiaje de creencias.
Esa historia remite a los días que van del 9 al 12 de junio de 1956: el levantamiento trunco del General Valle contra la autodenominada “Revolución Libertadora” y los fusilamientos de José León Suárez. La frase Walsh la escucha 6 meses después y es el preludio a una de las obras más importantes de la literatura argentina: Operación Masacre.

II
“Hay un fusilado que vive”. ¿Hay alguna frase que haya retornado tantas veces como esta en la política argentina? Aunque bajo distintas formas, con otros signos, escondida en otro lenguaje, adornada con diversos oropeles o despojada de todo ornamento hasta volverse imperativa, ese imposible (“el fusilado que vive”, “un muerto que habla”) ha sido una constante de nuestra historia reciente. Al menos, la que va desde mitad del siglo pasado hasta nuestro presente.
La voz de un muerto es, en cierta medida, la voz de la que hablan los libros de historia. La Historia, justamente, es el sepulcro final de nuestros muertos: allí no hay manera que nos dañen. En cambio, un “muerto que habla” es un imponderable que no tiene sepulcro, una voz presente en su propia ausencia que retumba como un eco, que desborda las orillas del texto. No hay libro de historia para un muerto que vive, justamente porque es imposible que tal sujeto exista. Los muertos, están muertos; no hablan, se descomponen. Sin embargo, la historia de nuestro pueblo, de un pueblo que debe resistir su prohibición, su mudez, su injusticia, es relatada por un muerto que habla, por una voz imposible de apagar y, mucho menos, de asir y sujetar en un texto de historia.

III
De “un fusilado que vive” a “aparición con vida”, la frase que las Madres repetían mientras circulaban por la Plaza de Mayo, la historia de un pueblo resistiendo que se expresa a partir de las voces de aquéllos que quisieron silenciar, en la noche del basural, en el invierno de la Dictadura, o en la expropiación de la palabra (nuestra actualidad) sigue corriendo, sigue haciéndose. Su propia particularidad es el hecho de que no concluye: todavía hoy gritamos “aparición con vida” y sentimos que los fusilados nos hablan; todavía hoy buscamos el fruto de su simiente, la continuación de sus vidas, las mismas que los integrantes del pelotón del basural de la historia desearon, pero sin éxito, apropiarse y callar.
Dicen que "la política es el arte de lo posible". Creo, sin embargo, que lo correcto sería decir que la política es el arte de hacer posible lo imposible. “Un contrasentido”, me dirán los dueños de un lenguaje lógico atado a los axiomas de lo conveniente. “Sí, justamente”, les respondo: el contrasentido del que nace toda política, la posibilidad de que el fusilado viva, de que los desaparecidos-asesinados se nos aparezcan-con-vida, de que las voces silenciadas rompan los tímpanos de “lo posible”.

IV¿Es Livraga el fusilado que vive? ¿Es su voz la que todavía nos trae el viento? ¿Es el propio Walsh el fusilado que vive? ¿Es él, con otros 30 mil más? ¿Es la de 400 chicos que todavía gritan por su identidad, silenciados -en apariencia- por la mentira? ¿Es la de los miles de chicos que empiezan a ver que su realidad puede ser diferente? ¿Es la de las madres de esos chicos que empiezan a ver que otra vida para ellas y sus nenes es posible? ¿Es la de los que todavía faltan, a los que todavía no se llegó? ¿Es la de aquélla señora que lloraba, y yo con ella, cuando le di la noticia de que era jubilada? ¿De quién es la voz que nos trae el viento y nos dice a la oreja, en un susurro suave y dulce, apasionado y alentador, “estoy vivo”?

miércoles, 26 de mayo de 2010

Los agentes dobles del Bicentenario

Uno
Siempre creí que el doble espionaje era parte de las novelas o las películas que se hacían sobre la adaptación de esas novelas. Es decir, siempre lo vi como parte de una ficción que expresaba el juego perpetuo entre fantasía y realidad, entre cara y cruz. Fantasía del doble: ser una persona y, en el fondo, ser otra. Sin embargo, como siempre, la historia se ha ocupado en desmentirme. En ilustrarme.
Pero ahora, siendo algo más que un niño consumidor de películas de James Bond un sábado a la tarde, con la lluvia mojando la precaria canchita de fútbol frente a mi casa y un pan con manteca y azúcar en mi mano, pienso en la posibilidad real de que existan entre nosotros espías, agentes dobles. Pero ya no cómo aquél agente inglés (siempre preferí a Sean Connery), sino como parte de una remake del agente 86. Es decir: agentes que sin saberlo hacen de dobles agentes; espías que mueven las ramitas, personajes que en su sobreactuación producen el efecto contrario al que tenían en mente al efectuar la acción.
Sino no hay otra manera de explicarlo, me digo. “Aquí hay agentes dobles”. Los sujetos que han hablado y operado en torno al Bicentenario en contraposición con la gala del Colón, o con cualquier otro suceso que les haya servido para poner de manifiesto sus diferencias, no tengo dudas, son agentes dobles que trabajan para el kirchnerismo. Sino no se explican las palabras, por ejemplo, de Mirta Legrand, cuando dice -refiriéndose a la gala del Colón-, “lo de ayer fue magnífico, perfecto. Felicitaciones Sr. Macri. Estaba todo muy bien organizado: había vallas y la gente no molestaba”. Alguien que dice esto, en el contexto de más de 2 millones de personas por día en las calles festejando, sólo puede tener un objetivo: que el que todavía no se dijo así mismo “bueno, la verdad es que algunas cosas están cambiando, estos tipos (por el Gobierno) algo están haciendo bien”, lo empiece a hacer con ganas.

Dos
El doble agente siempre plantea las cosas en términos binarios. Por eso es, justamente, doble. En este caso, la cosa la han planteado en términos de fiesta versus gala. Y aquí hay una cuestión que inevitablemente resurge cuando puede. Está en las napas que nos soportan cotidianamente y ante alguna lluvia fuerte empiezan a desbordar. Pese a que no me gusta pensar en términos de amigo/enemigo, de bueno y malo, es decir, en términos binarios, siempre el problema surge bajo esa expresión maniquea.
La cuestión de la fiesta como expresión política de lo popular es más vieja que la política misma. No vamos a reflotar esos análisis que cualquiera puede ver en novelas populares como “Gargantúa y Pantagruel”, de Francois Rabelais o, si se quiere pensar más de cerca, más en términos locales, en “La fiesta del monstruo” de Bustos Domeq (Borges-Bioy) o “En el último de los martinfierristas” de David Viñas.
La fiesta como avanzada, como apropiación de la calle, como desterritorialización del orden vehicular y las normas de tránsito. Como contrapartida: una gala con vallas. La verdad es que este análisis ya se vuelve básico de lo trillado. Pero si bien no por esto pierde efectividad en su objetivo: poner de manifiesto la expresión de diferentes modos de existencia, creo que a esta altura ya no suma nada nuevo; no hay nada que ya no sepamos sobre los grupos de poder, las clases, los modos de habitar los espacios, etc., que pueda surgir de esta forma de vivir el Bicentenario (por ponerle algún nombre).
Lo interesante de todo esto es que había personas que tenían ganas de salir a la calle y festejar. Estar con otros y elaborar una comunión soberana (y profana, por ende). ¿Qué lectura vamos a hacer de eso? Ese interrogante es el que plantea la política por venir (la política siempre es un porvenir). Quiero decir: contestar esa cuestión es el sino de las acciones políticas de, como mínimo, el siguiente año y medio que nos queda (antes de las elecciones). El modo en que la leamos y le demos respuesta o, mejor, intentemos darle respuesta, va a ser el modo en que hayamos entendido la política para la argentina que viene. El grado de lejanía con el espíritu real de ese interrogante (cuan lejos estemos en nuestra respuesta de lo que realmente escondía esa pregunta) será correlativo al grado de separación que tengamos con el propio cuerpo (pueblo y multitud) que se manifestó en el territorio. Obviamente, separado por vallas.

Tres
Por eso, el error está en ser agentes dobles. En cometer los errores básicos del contraespionaje. Comprar pescado podrido y venderlo como caviar. No caer en la tentación de efectuar análisis triunfalistas ni de pensar que esto es parte de una expresión popular que, aunque medianamente espontánea, se encuentra dirigida e intencionada (es un error pensar que salieron a la calle por nosotros y para nosotros). No seamos agentes dobles.
Aquí se conjugaron diferentes variables que deben ser pensadas cuidadosamente. Ni la política ni la antipolítica (que es otra forma de la política) surgen de un día para el otro. Son parte de procesos más amplios y difíciles de asir. Aquí por supuesto debemos pensar en los aciertos que se dieron fundamentalmente a partir de la derrota de junio. Aciertos políticos que en un escenario de todo o nada empezaron a consolidar una identidad política para el kirchnerismo. Lo que hasta ese momento, por obra de las buenas elecciones, sólo se mostraba en ciertos retazos (sobre todo en los DDHH), empezó a surgir como un camino de ida sin retorno (SIPA, AUH, Ley de Medios, Reforma Política). Esas leyes fueron la plataforma de lo que se expresó en las calles en este mayo. Esas manifestaciones fueron el correlato de aquella derrota. Aquella derrota fue el inicio, quizá, de otra política. No de otra forma, sino de otras cuestiones, de otro Programa. Ese Programa todavía incipiente es el que debe convocarnos. Están esperando que sus páginas continúen escribiéndose a la luz de aquella derrota, pensando en todas las posibles victorias.
Nos han avisado: “aquí estamos”.

sábado, 8 de mayo de 2010

Como en el 74... pero en el 2010



Hoy estuve en una conferencia en ANSES en la cual se presentaron los resultados del impacto que ha tenido la política pública más importante de los últimos tiempos: La Asignación Universal por Hijo. Impacto en la vida social, económica y política de nuestro país.

Hubo varios momentos, mientras escuchaba a los investigadores, en que se me puso la piel de gallina y un nudo, más complicado que el de la corbata, me obturó la traquea. El impacto que ha tenido sobre la indigencia y la pobreza es directo. Y el que va a tener en otras variables a mediano y largo plazo (salud, educación, trabajo) es aún mayor.

Los datos que se tomaron fueron los del 2009, los cuales se compararon con... los de 1974! El año de menor indigencia y pobreza y desocupación en el país desde que tenemos historia estadística. No el 83, no el 89, no el 95, no el 99... el 74.

Les recomiendo su lectura: clikeá acá.

martes, 4 de mayo de 2010

El Documento Programático de Rodolfo Walsh: su Carta más "actual"








"Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada (...)
Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete"

Lo encerraron a Martínez de Hoz. Lo primero que se me vino a la cabeza fue la cita de Walsh que va como epígrafe de esta entrada (el primer párrafo). Y una vez más me convenzo de que la Carta Abierta a la Junta Militar de Rodolfo Walsh es uno de los documentos más importantes de la historia argentina. No sólo por el estilo y la precisión, por el contexto y la estructura argumentativa, sino también, y sobre todo, por la capacidad programática de la misma. A la luz de los hechos recientes, debo confesar que encuentro una nueva forma de leer esa carta (la cual ya he leído innumerables veces). Una forma extraña, como si fuera atemporal o, mejor dicho, como si fuera contemporánea. La leo como un documento recién salido del horno, que indica los pasos a seguir, lo que hay que hacer más que lo que se hizo.
Por qué digo que la Carta es programática? Porque nos muestra un Programa; de la misma manera que el documento de un Plenario, la Minuta de una reunión, la Plataforma de un Partido nos dicen qué hay que hacer, cuáles son los pasos a seguir o cuál es el programa al cual debemos ajustarnos, la Carta nos dice, desde hace más de treinta años, pero hoy, qué hay que hacer y por dónde empezar.
Me explico. Si seguimos los puntos de la Carta podemos concentrarnos en 4 ejes bien concretos: 1. la censura, el silencio, la desinformación y la tergiversación, es decir, la política comunicacional; 2. la política de desaparición de personas, la tortura y el asesinato; 3. la política económica; 4. la propia voz, el nombre propio (Walsh rubrica con su nombre y número de Cédula de Identidad la misiva, a sabiendas de las consecuencias pero “fiel al compromiso asumí hace mucho de dar testimonio en momentos difíciles”).
Estos 4 ejes bien identificados en la Carta de Walsh son los 4 pilares que hoy sostiene y profundiza el actual Gobierno, pese a lo que muchos quieran opinar en contrario (es como si Walsh nos dijera, hay que ir por la libertad de expresión y la verdad, por los militares asesinos, por los civiles ideólogos de la política económica de aniquilamiento y por la palabra recobrada y el cuerpo en acción): Una Ley de Medios de la democracia, plural, inclusiva; una clara política de Derechos Humanos, donde se enjuicia a los asesinos del pasado para fortalecer el futuro, a través de las Instituciones y de la Justicia; una política económica basada en un modelo productivo más que financiero, inclusivo más que excluyente, con el empleo y la Seguridad Social como banderas y, por último, la posibilidad de hablar nuevamente de política con voz propia, con nombre y apellido, diciendo aquí estamos, éstos somos.
Es como si ese documento, escrito hace más de treinta años, mostrara una nueva faceta y recobrara su actualidad ya no como documento histórico sino como un documento de estrategia para los tiempos actuales. Un pequeño Manual de Acción no sólo para el militante sino también, y sobre todo, para el gobernante.
Una vez más, siento que Walsh está entre nosotros, mirando hacia el frente y diciendo, con la exactitud y precisión de un reloj suizo, “yo les dije, las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas"... yo les advertí...
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